La suite de hotel olía a lujo y pecado. Luces tenues, cama king size con sábanas de seda negra. Él entró detrás de mí, la puerta se cerró con un clic que retumbó en mi pecho. Mi corazón ya latía fuerte, como un tambor de guerra. Sus ojos me devoraban. No dijimos nada. Solo nos miramos. El aire se espesaba. Sentí el calor subir por mi cuello, mis pezones endureciéndose bajo la blusa ajustada. Me acerqué. Sus manos rozaron mi cintura. Electricidad. Jadeé. El deseo era un incendio. Todo se volvía rojo. Mi piel ardía. Quería arrancarle la camisa, morder su cuello. Él me empujó contra la pared. Sus labios rozaron mi oreja. ‘Te quiero ahora’, gruñó. Mi pulso se disparó. 180 latidos por minuto. Incontrolable. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo su dureza. Dura como hierro. Me mojé al instante. La urgencia me ahogaba. No más espera. Lo besé con furia, lenguas chocando, saliva mezclándose. Mordí su labio inferior. Sangre. Dulce. El mundo desaparecía. Solo piel contra piel. Botones saltando. Blusa al suelo. Sus dedos en mi sujetador, rasgándolo. Pechos libres, expuestos. Él los devoró. Chupó un pezón con hambre. Gemí fuerte. El calor entre mis piernas era lava. Me froté contra él. Necesitaba más. Todo. Ahora.
Sus manos bajaron mi falda. Nada debajo. Solo yo, expuesta, húmeda. Me levantó como si no pesara. Piernas alrededor de su cintura. Me llevó a la cama. Me tiró sobre las sábanas. Se desnudó rápido. Su polla erecta, venosa, palpitante. La miré hipnotizada. Me abrí de piernas. ‘Fóllame’, supliqué. No esperó. Entró de un golpe. Profundo. Llenándome hasta el fondo. Grité. Dolor y placer mezclados. Empezó a bombear. Fuerte. Rápido. Sudor goteando de su pecho al mío. Mis uñas en su espalda, arañando. Carne rasgada. Él gruñía como animal. Yo jadeaba, arqueándome. Cada embestida multiplicaba el fuego. Mis paredes lo apretaban. Orgasmo building. ‘Más duro’, exigí. Obedeció. La cama crujía. Golpes de piel contra piel. Resbaladizos. Sudor everywhere. Cambiamos. Yo encima. Cabalgándolo salvaje. Sus manos en mis caderas, guiándome. Rebotaba. Pelo volando. Pechos saltando. Él pellizcaba mis pezones. Dolor exquisito. Me corrí primero. Explosión. Chorros de placer. Grité su nombre. Él no paró. Siguió follándome. Volví a correrme. Dos veces. Tres. Exhaustas pero hambrientas. Lo volteé. Boca en su polla. La chupé profunda. Garganta llena. Él gemía. Cargó. Eyaculó en mi boca. Tragué todo. Caliente, salado. Luego, de nuevo dentro. Horas. Posiciones brutales. Contra la ventana, con la ciudad viendo. Perros. Anal. Todo. Sin filtros. Solo instinto.
La Fiebre del Deseo Irresistible
Al final, colapsamos. Cuerpos enredados, sudor fríos pegajosos. Mi piel aún ardía, marcada por sus dientes y uñas. Respiraciones pesadas, sincronizadas. El corazón bajando lento. 80 latidos. Miré el techo. Cenizas del fuego. Satisfecha. Vacía y llena a la vez. Él me besó la frente. Tierno ahora. Pero sabía que volvería. Aquella noche fue única. Devoradora. Peligrosa. Me cambió. El placer total existe. Lo viví. Y lo anhelo de nuevo. La suite quedó impregnada de nosotros. Olía a sexo crudo. Me vestí temblando. Salí al pasillo. Piernas débiles. Sonreí. Valía cada riesgo.